- 5 de oct
El peso de ser "la que resuelve"
- Helen Lupo
Para la mujer que lo ha hecho todo bien, pero ha olvidado cómo volver a sentirse viva.
A muchas mujeres latinas nos enseñaron a encarnar el arquetipo de la guerrera, mejor conocida en nuestras palabras como la "echá pa'lante".
Crecimos viendo a las mujeres de nuestra familia y de nuestra cultura en un dinamismo hecho de fuerza y sacrificio. Y aunque nos hemos dicho que no repetiríamos ciertas historias, nos descubrimos rindiendo el mismo examen de méritos en el trabajo, en nuestros vínculos, e incluso en nuestro intento de hacer las cosas "bien" para Dios.
Eres la que siempre esta allí, la que siempre resuelve.
Siempre lo logras.
Pero cuando te levantas por la mañana, te sientes igual de cansada que el día anterior. Cuando no es el dolor de espalda, es la contractura en el cuello.
Sigues funcionando y "rindiendo" a pesar de los dolores en el cuerpo, y el peso en el pecho.
¿Cuánto tiempo podemos seguir haciendo el día a día a pesar de sentir todo esto sin atendernos?
Y la respuesta es sencilla, no nos vamos a mentir: Mucho tiempo.
A este punto, vale la pena pensar una pregunta:
¿No será que este sobre-funcionamiento que nos carga siempre aceleradas se alimenta de nuestros miedos más antiguos?
Por fortuna, estar exhausta es un aviso que nos alerta de los límites que hemos sobrepasado con nosotras mismas.
Es cierto que hoy en día las mujeres nos dedicamos un poco más a alimentar nuestra alma, pero aun vivimos con heridas que toman el mando de la forma en que respondemos a la vida.
Seguimos en la lógica del esfuerzo, aunque sé que no ha sido por gusto:
Crecer en entornos hostiles.
Ser queridas solo si nos portábamos bien.
Ser fuertes e independientes como formas de salvarnos de la posibilidad de abandono.
Han sido causas (solo por nombrar algunas generales) incluso ancestrales de nuestra tendencia a sostenerlo todo. No sabemos pausar, ni pedir ayuda, ni dejarnos cuidar.
Hemos conquistado muchos espacios en lo profesional, y en nuestra autonomía, pero lamentablemente hemos caído en el otro extremo.
No nos hemos liberado siendo hiperindependientes. Solo hemos diseñado un nuevo sistema que termina dejándonos como mínimo profundamente exhaustas, y con el riesgo de que en medio de nuestro burnout seamos nosotras mismas quienes silenciosamente nos abandonemos a diario.
La sanación de esta sobre-exigencia no sucede de la noche a la mañana, ni agregando una rutina más de las que vemos en redes sociales. Por ahora, podemos comenzar a mirar esto como una invitación a revisar estas lógicas donde el alma queda de última en la lista.
Tomar en cuenta el lugar del cuerpo, que constantemente te está enviando señales: los nudos en la espalda, esos suspiros profundos que hacemos de repente, la prisa al movernos, los hombros siempre arriba bien tensos...
Desaprender la idea de que vales según cuántos fueguitos apagas durante el día, y lo invulnerable que te muestres.
Dejar que otra persona también ejerza su capacidad de cuidar y sostener la incomodidad de recibir sin sentir la obligación de pagar el favor de una vez.
Pero sobre todo, atender el núcleo espiritual de todo esto.
El lugar donde nuestra fe parece olvidar que no somos la fuente, ni los salvadores de todo el entorno.
Si te encuentras en este umbral: fuerte por fuera, pero profundamente cansada por dentro. Quiero decirte que hay otra forma de habitar tu historia.
He creado una guía para mujeres agotadas a la que titulé Cuida tu fuego. Allí te acompaño a comprender las raíces de este sentir desde la psicología profunda, la fe, y la teología del cuerpo, junto a un camino con acciones precisas y simples para atender el cansancio del alma.
Lo escribí desde mi propio cansancio de mujer latina como refugio para soltar el peso, y recordar cómo se siente comenzar a estar viva verdaderamente desde la calma.
Gracias por leerme, y por dejarte acompañar
Con cariño,
Helen.